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Nuestro viaje a Chinguetti comenzó como una chispa tras la primera visita de Beatriz y mía a Mauritania, voluntarias del programa “Mochilas Solidarias” de Policía Amigo. Recuerdo bien el trayecto por carretera, largo y exigente, sobre todo ese último tramo desde Atar, sin asfaltar, que parecía interminable. Llegar a una de las cuatro ciudades históricas de Mauritania fue como aparecer en otro tiempo: la ciudad vieja resiste estoica, pero el desierto no da tregua y se la va tragando poco a poco. El entorno, recio y polvoriento, contrasta poderosamente con la calidez de su gente, siempre dispuesta a sonreír y a abrirnos la puerta de su mundo.
En medio de ese paisaje fue imposible no imaginar cuánto podría cambiar el futuro con la próxima pavimentación del tramo Atar-Chinguetti. Algo se despertó dentro de nosotras: ¿y si desde aquí podíamos abrir nuevas ventanas hacia el futuro? Así nació el Proyecto Chinguetti, impulsado por el propósito de fomentar el turismo y, con él, el desarrollo local, siempre de la mano de la propia comunidad.
Comenzamos con algo tan sencillo y poderoso como unas clases de español. Es el primer paso hacia una ambición mayor: implementar talleres enfocados en turismo, cultura y hospitalidad. Contamos con la suerte de tener a Abdoulaye, un profesor local formado en español en Nuakchot, que aporta conocimiento y cercanía. Beatriz coordina el material pedagógico, innovando en la metodología y apoyando a Abdoulaye para lograr lo mejor de cada aprendiz. Las clases se realizan en la sala de formación del hospital español, cedida por la Fundación Chinguetti, de lunes a viernes, por las tardes, cuando el calor amaina y el pueblo respira otro ritmo.
A la inauguración, Elena y yo acudimos como quien asiste a un momento histórico. Entrevistamos a los primeros alumnos —jóvenes llenos de esperanza— y participamos en las sesiones iniciales. Hoy, un mes después, seguimos conectadas: grupo de WhatsApp vivo, materiales compartidos, seguimiento casi semanal y videollamadas periódicas. El vínculo permanece, aunque la distancia sea grande.
Podría contar mucho más, porque Chinguetti se queda dentro y el proyecto apenas ha comenzado…
Viajar a Chinguetti, en pleno corazón del Sáhara mauritano, es una experiencia que deja huella, tanto en el alma como en la mirada. Fuimos con la ilusión y la responsabilidad de asistir a la inauguración de un proyecto pequeño en recursos, pero gigante en esperanza, tanto para la comunidad local como para nosotras.
El destino nos puso a prueba desde el principio. El calor resultó casi inimaginable, y el trayecto, largo y desafiante. Pero nada más llegar fuimos recibidas con un cariño que disolvía cualquier cansancio. La hospitalidad mauritana es de esas que emocionan: gestos sencillos y sinceros, palabras amables, compartir su té y su tiempo, abrirnos las puertas de una cultura tan digna y resistente.
El entusiasmo de los jóvenes por aprender desde el primer día fue contagioso. En cada sonrisa había un deseo de superación, una apuesta por el futuro, una apuesta por el “sí, podemos”. Aprendimos de ellos tanto como intentamos enseñar: dignidad, generosidad y fortaleza en un entorno que no da tregua. Chinguetti es tierra de memoria, pero también de futuro.
Volvimos con el corazón lleno y la certeza de que este es solo el inicio. Nuestro compromiso sigue: apoyar, animar, tender puentes. Ojalá que el español y el turismo sean una herramienta para abrir caminos, crear oportunidades y generar desarrollo local. Y mientras la arena siga avanzando, nosotros seguiremos sumando granos de esperanza.